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Personas con EM :

 



  Julio 2008 Perfil del mes

Fabiola Claret

Fabiola ClaretPaís: Argentina
Edad: 37
Ocupación: Técnica en Comunicación Social – Publicista, diseñadora (de oficio)
Tipo de EM: EM Remitente – Recurrente o Benigna
Año de diagnóstico: 2001

Nací en el sur de la provincia de Entre Ríos, en Gualeguaychú, el 6 de mayo de 1971. Viví los primeros 17 años de mi vida en un pequeño pueblo llamado Urdinarrain, hasta que me mudé a Paraná, capital de la provincia, a estudiar Comunicación Social. A los 21 años decidí que era un buen momento de empezar a trabajar y desde entonces no he parado. He trabajado en agencias de publicidad y medios de comunicación y hoy tengo mi propia pequeña empresa dedicada a la comunicación institucional y publicitaria.

Por mi perfil y los años de trabajo, desempeño diversas actividades y en esa diversidad me reconozco y me realizo: escribo textos periodísticos o publicitarios, discursos, diseño los materiales, desarrollo estrategias y pienso ideas creativas.

Uno de mis sueños pendiente es dedicarme a escribir: sueño con publicar algunas historias que andan merodeando en mi cabeza y siento que ya es hora de que salgan.

Tengo 2 hijas, una de 11 años y un bebé de 4 meses. Comparto mi vida con la misma persona desde 1996. Claro que no todo fueron rosas desde entonces: en el medio y en parte por ese descontrol que la EM suele colar en nuestras vidas, estuve separada, volví a vivir al pueblo y finalmente, en el 2005, regresé a Paraná y recuperamos –junto con mi pareja- el sueño de sacar adelante nuestra familia.

El año en que me diagnosticaron EM fue muy significativo para todos los argentinos y yo no puedo pensar mi enfermedad sino es a la luz del enorme estrés y vulnerabilidad emocional que viví por entonces: 2001. Recuerdo que llegué al fin de aquel año con la lengua afuera, muy, muy cansada. Apenas tenía fuerzas para caminar, parecía una anciana. Tenía mareos y episodios de vértigo. Sentía un dolor extraño en brazos y piernas y hormigueo en el brazo derecho. De a ratos sentía como si apagaran la luz repentinamente y quedara ciega por un segundo. Por momentos me sentía muy eufórica y luego muy deprimida, totalmente inestable. Pero tal vez el síntoma más extraño fue que perdí la sensibilidad a la temperatura en mi brazo izquierdo: me quemaba y no sentía nada. Esa rareza fue la señal de alerta que nos permitió pensar que podría haber algún problema neurológico.

Yo ya no pensaba bien, estaba temerosa y confundida. Por todos los síntomas había consultado a muchos médicos, incluso a un neurólogo y todos coincidían en el mismo diagnóstico: estrés. Y todos me recomendaban las mismas terapias, tradicionales o alternativas, para bajar los niveles de angustia y la locura que parecía estar desencadenando en mí –como en mucha otra gente- la incertidumbre de la crisis del 2001: estaba perdiendo mi casa a mano del banco, trabajaba pero no me pagaban, en la calle sólo circulaban bonos, mi familia estaba quebrándose y yo lloraba la muerte reciente de mi padre en un accidente. ¿Necesitaba un psicólogo? ¡Por supuesto que sí! Era muy difícil ver algo más detrás de todo ese mundo derrumbándose.

Pero finalmente pudimos ver algo más y –aunque suene raro- el diagnóstico me trajo algo de calma y tranquilidad: pude ponerle un nombre a tanto malestar y pude (o tuve que) ante la evidencia de la EM – reacomodar mi vida, y poner entre las prioridades la de cuidarme a mi misma como hace tiempo no hacía.

La EM significó un cambio profundo en mi vida, porque me obligó a otra mirada de mi, de mi cuerpo, de mis limitaciones. Antes de saber de la EM no entendía el valor de cuidar el cuerpo y la cabeza, las emociones. Cambié mi rutina, el día a día tiene otro ritmo, más calmo. Sé que hay cosas que no puedo hacer, como cansarme físicamente y es una lucha permanente entre mis ganas de hacer, mi necesidad de controlar todo (hasta lo incontrolable) y lo que realmente puedo. Siempre rescato lo que me dijo una psicóloga que me animó a seguir adelante con mi vida: que a lo sumo en este viaje tardaría un poco más que los demás o tendría que detenerme más veces a cargar combustible, pero que igual podría alcanzar mis metas.

La EM no perjudicó hasta hora mi actividad laboral aunque sí me motivó a concretar algunos cambios: si bien siempre tuve el apoyo y la comprensión de la gente con la que trabajaba cuando me enfermé, unos meses después de que me dieran el diagnóstico decidí volver al pueblo. Allí encontré el entorno de calma y tranquilidad y la contención que necesitaba para recuperarme y –cuando me sentí mejor- empecé lo que yo llamo la segunda parte de mi vida: puse en marcha mi propia empresa, lo cual tiene enormes ventajas para mi porque puedo darme el lujo de ausentarme cuando no me siento bien, o –como en este momento en que tengo un bebé pequeño- dedicarle –y dedicarme- todo el tiempo que haga falta.

La decisión de tener este segundo hijo no fue fácil. Consultamos mucho, nos informamos del riesgo y finalmente decidí seguir adelante puesto que mi EM estaba estable. Creo que fue posible porque el deseo de tener otro hijo era más grande que el miedo a lo que podía pasar: sabía que durante el embarazo no tendría problemas pero que el riesgo venía después, en el post parto y aún estoy transitando esa etapa pero con la esperanza de que todo seguirá bien. Retomé el tratamiento con Interferón una vez a la semana inmediatamente después del parto y excepto el día en que me inyecto, amamanto al bebé normalmente. Esta fue una decisión que analizaron en equipo mi médico y el pediatra.

Hoy no tengo grandes inconvenientes con la enfermedad, no me quedaron secuelas y no he vuelto a tener una recaída. El tratamiento que hago no significa un gran sacrificio. Volví a la ciudad con empresa propia, con mi familia y mi confianza recuperadas, con muchos proyectos y también con la EM La EM es un rasgo más de mí, otro aspecto que define mi persona, pero no el único. Claro que no me siento bendecida por tener EM pero siento que fue un llamado de atención, un tropezón que me abrió los ojos, que me obligó a barajar y dar de nuevo y a pesar de todo hoy puedo decir con certeza y con orgullo que vivo mejor que antes, con otra conciencia, con otros valores.

Siento que la vida es hermosa y sorprendente y que tiene muchas buenas y malas noticias para darnos: todo el tiempo -con o sin EM- nos enfrentamos a frustraciones, decepciones, y tristezas, pero siempre encontramos la forma de salir adelante. La clave es la alegría y la voluntad de no dejarnos vencer: nunca tenernos lástima ni permitir a otros que la sientan por nosotros.

Fuerza a todos los que la necesiten. Esto también pasará y siempre se puede empezar de nuevo. Un abrazo enorme.


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